La historia de Robert Maudsley, el terrible serial y caníbal en el que se basó el personaje de Hannibal Lecter

Escrito por el 26/07/2021

El personaje de Hannibal Lecter resulta perturbador, tanto por su inteligencia como por algo que estremece a cualquiera: le gusta comer algunos trozos de sus víctimas. Pero es todavía más atemorizante saber que lo que vimos en el cine está basado en el caso real de un asesino llamado Robert Maudsley, considerado en su momento como el hombre más peligroso en Inglaterra, a quien también le gustaba comer algunos “bocadillos” de carne humana.

La historia de Robert Maudsley es muy peculiar, pues solo cometió un asesinato antes de ser detenido, pero esto fue suficiente para encerrarlo de por vida. Así como la mayoría de los asesinos seriales, su infancia estuvo llena de abusos por parte de sus padres en su casa en Toxteth, cerca de Liverpool, por lo que de pequeño fue trasladado al orfanato Natzareth House. Sin embargo, a los ocho años regresó con sus padres y sus doce hermanos, donde siguió sufriendo de abusos hasta que finalmente le quitaron la custodia a sus papás.

Cuando era adolescente cayó en las drogas y para seguir consumiendo se empezó a prostituir. En 1974, un tipo llamado John Farrell contrató “sus servicios”, pero se trataba de alguien que había abusado de varios niños. Farrell le mostró las fotos de sus víctimas a Robert, lo que hizo que este último se enfureciera tanto que terminó estrangulándolo. Este fue el primer y único asesinato que cometió estando en libertad.

Robert fue detenido y un juez lo sentenció a cadena perpetua en el Hospital Psiquiátrico de Alta Seguridad Broadmoor en Crowthorne, Berkshire. Sin embargo, ese no fue el final de sus asesinatos. En el interior del hospital afiló una cuchara y con ella mató a otro paciente, pero primero lo mantuvo durante nueve horas atrapado, con el pie sobre su cabeza, torturándolo y luego lo asesinó. Cuando el personal descubrió la escena, se dieron cuenta de que Robert se había comido partes del cerebro de su víctima.

Después de esto fue enviado a Wakefield, una prisión de máxima seguridad, pero ahí cometió dos asesinatos más, destacando que sus víctimas eran presos que habían abusado de niños o que habían cometido otros crímenes. Para 1979, sus víctimas ya eran cuatro y durante varias entrevistas con especialistas manifestaba que desde que era pequeño había voces en su cabeza que le decían que asesinara a sus padres por todos los abusos que cometieron contra él y sus hermanos, y que matar a estas personas era una venganza hacia ellos. En una ocasión dijo:

Si hubiera matado a mis padres en 1970, ninguna de esas personas hubiera muerto.

Luego de los dos asesinatos en la prisión fue considerado el más peligroso y pasó doce meses en aislamiento, sin cortarse el pelo y la barba porque ninguno de los barberos quería acercarse a él y, por supuesto, no le iban a dejar navaja y tijeras para que él lo hiciera. Durante una hora al día le permitían salir de su celda para hacer ejercicio, pero era escoltado por seis guardias y no se podía acercar a nadie.

Al ser considerado un riesgo latente para todos en la prisión, se decidió construir un lugar especial para él y aunque se tardaron unos años, en 1983 se terminó la celda de cristal de 5.5 x 4.5 metros, con ventanales a prueba de balas, una enorme puerta de metal y un agujero para que los guardias puedan dejarle comida y artículos para su aseo sin entrar en contacto con él. Sí, algo muy similar a la celda de Hannibal Lecter.

Totalmente aislado en su celda de cristal, Robert pasa ahí 23 horas del día, ya que solo tiene una hora diaria para salir y hacer ejercicio, pero escoltado y sin acercarse a nadie. Así ha pasado casi 40 años de su vida y, de acuerdo a informes, le gusta el arte, sobre todo la música clásica y la poesía. Además, desde hace algunos años se le ha permitido tener un Playstation, en el que se entretiene jugando Call of Duty. Ahora tiene 66 años y pasará el resto de sus días en esta celda.

Las autoridades de la prisión me ven como un problema y su solución ha sido ponerme en confinamiento solitario y tirar la llave, enterrarme vivo en un ataúd de concreto. No les importa si estoy enojado o mal. No saben la respuesta y no les importa siempre y cuando me mantengan fuera de su vista y de su mente. Me dejan estancarme, vegetar y retroceder, enfrentar mi solitario encuentro con personas que tienen ojos pero no ven y que tienen oídos pero no oyen, tienen bocas pero no hablan. Mi vida en solitario es un largo periodo de depresión ininterrumpida.

-Robert Maudsley en 2003

Esta publicación aparece primero en La Guia Del Varon


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